Día 26:

 

Viento loco, frontera con memoria y Batumi inesperado

Liman 🇹🇷 – 🇬🇪 Batumi

El sitio en la plantación de té era de esos que a primera vista engañan a cualquiera. Todo verde, en colina, con vistas abiertas y la camper colocada como si fuera a ser una noche de postal. Yo incluso me dejé llevar y pensé que aquello era plan de dormir profundo, orejas relajadas y mundo en silencio.

Pero a medianoche el viento decidió que aquello no era una postal, era un juguete. Empezó a golpear la camper con ganas, como si quisiera entrar a preguntar qué estábamos haciendo ahí. No había forma de dormir, así que Papi Edu y Tito Joan hicieron lo sensato: bajar de la colina antes de que el viento nos sacudiera como si fuéramos una lata de sardinas con vistas.

Bajamos y encontramos un sitio al lado de la carretera, entre árboles, más recogido. Parecía un escondite serio, de esos que uno mira y dice “aquí sí, aquí el viento no nos encuentra ni con GPS”. Montamos todo otra vez y nos metimos en la cama con esa ilusión humana tan bonita que dura exactamente lo que tarda el viento en cambiar de opinión.

Porque volvió. Y volvió peor. Los árboles empezaron a moverse como si estuvieran haciendo gimnasia nocturna y la camper otra vez parecía un barco pequeño en medio de una idea mala. Así que recogida general y retirada estratégica otra vez hacia abajo.

Esta vez a la costa. Y aquí el mundo hizo algo sospechoso: normalmente el viento en la costa es jefe final, de esos que te despiertan el alma. Pero aquel día estaba bastante más tranquilo, como si hubiera cambiado de turno con alguien más amable. En Hopa buscamos algo que nos diera buena sensación pero no apareció nada, así que seguimos hasta un aparcamiento de camiones en la carretera hacia Georgia. No era precisamente un spa con vistas, era más bien un concierto de motores con opción a luces de madrugada, pero conseguimos dormir algo entre arranques y ronquidos mecánicos.

Sobre mediodía ya estábamos rodando hacia la frontera, que nos pillaba casi de sorpresa por lo cerca que estaba.

El paso fue bastante fluido. Primero salimos de Turquía con el control de pasaportes, como quien sale de una tienda enseñando ticket. Después vino la parte inesperada: antes de entrar en Georgia había que pagar un peaje pendiente del túnel Evrasia de Estambul, el que cruza bajo el Bósforo entre Asia y Europa. Lo curioso es que lo habíamos pasado hacía casi tres años y aun así la matrícula seguía allí, archivada como un recuerdo con mala memoria selectiva. El importe era pequeño, unos cinco euros con recargo incluido, más anécdota que susto.

Tito Joan ya había pasado los dos controles fronterizos por separado sin problema y nos estaba esperando al otro lado, en Georgia, con esa calma de “yo ya estaba en otro país y vosotros aún en burocracia”.

Después hicimos el seguro obligatorio del coche, rápido, unos treinta euros para unos quince días, y tiramos hacia Batumi.

Aparcamos cerca del puerto y el paseo marítimo. Batumi tiene ese aire de ciudad que se ha puesto un traje brillante sin decidir si es fiesta o reunión seria. Por un lado edificios modernos, hoteles enormes y coches que parecen salidos de un catálogo caro. Por otro, calles más normales donde todo eso se mezcla sin pedir permiso. Es como si la ciudad hubiera crecido demasiado rápido y aún estuviera aprendiendo a caminar con tacones nuevos.

Lo más importante del paseo fue la estatua de Ali y Nino. Dos figuras metálicas gigantes frente al mar que no se quedan quietas ni un segundo. Son los protagonistas de la novela de Kurban Said de 1937. Ali, joven azerí musulmán, y Nino, princesa georgiana. Una historia de amor atravesada por fronteras, culturas y tiempos complicados. Aquí no están quietos explicándolo, sino moviéndose: se acercan, se atraviesan y se separan una y otra vez. Yo lo miraba y pensaba que si yo hiciera eso con Papi Edu cada dos minutos acabaríamos mareados los tres.

Después de la ciudad salimos hacia el norte, dejando Batumi atrás como quien deja una feria con luces aún encendidas, y en unos treinta minutos llegamos a un sitio en la costa que ya conocíamos de hace años. Playa de grava, un pequeño bosque de pinos y espacio para aparcar con sombra y vistas a la ciudad a lo lejos. Un sitio de esos que no necesitan hacer ruido para gustar.

Y aquí empezó el capítulo social del día, antes incluso de que la camper acabara de asentarse. Se acercaron tres chavales de unos treinta años que estaban con sus familias haciendo una barbacoa justo al lado. Venían con una curiosidad muy sana, de esas que no empujan sino que preguntan con la cara. Ellos también viajaban en una camper japonesa muy básica, con pinta de haber visto muchos sitios sin necesidad de presumir.

Primero nos enseñaron la suya, con orgullo tranquilo, y luego les enseñamos la nuestra. Y ahí se montó el intercambio oficial de mundos sobre ruedas. Puertas, camas, cajones, miradas de sorpresa y muchas risas sin idioma perfecto. Ellos flipaban un poco, nosotros también, cada uno a su manera, como si las campers fueran animales exóticos enseñándose en un parque natural improvisado.

Después se fueron con sus familias como si nada, dejando el sitio otra vez en modo playa normal.

Entonces sí, tocaba bajar revoluciones. Nos dimos un paseo por la playa, con el mar tranquilo y los pinos haciendo de muralla suave detrás.

Y cuando el sol ya empezaba a caer, volvimos a la camper. Sacamos un pastel que habíamos comprado en Batumi y celebramos el cumpleaños de Papi Edu con las velas del 55, que Tito Joan había traído desde España como si fueran material de emergencia vital. Se soplaron las velas con ceremonia seria, de esas que en realidad duran dos segundos pero parecen importantes.

Y ahí sí, el día se cerró del todo, con la camper quieta por fin y el mundo un rato en modo silencio.

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