Vaya día de vueltas hemos tenido. Empezamos la mañana con calma y salimos de la playa de Batumi sobre las once, que para un perro con mi agenda es una hora perfecta. Papi Edu y Tito Joan se hicieron un poco de lío con la autovía y por un momento pensé que íbamos a terminar otra vez en el centro de la ciudad. Organizar a estos dos es a veces más difícil que convencer a un gato para que te preste su juguete favorito, pero por suerte reaccionaron y seguimos subiendo por la costa del Mar Negro.
Pasamos por Poti sin parar mucho y luego giramos hacia el interior. Hicimos una pausa en Senaki para comprar unas cosas. El pueblo tiene un aire muy soviético, de esos con bloques de cemento que parecen diseñados por alguien que no sabía lo que es una buena siesta al sol, pero a mí me vale cualquier sitio para olisquear un poco.
Lo más curioso vino después. Buscamos un sitio para comer y terminamos en las fuentes termales de Noraveki. Nada más bajar de la camper nos miramos los tres con cara de sospecha. ¡Esto ya lo habíamos olido nosotros hace casi tres años! Fue un déjà vu total, aunque ahora los humanos han decidido que por bañarse en las aguas calientes hay que soltar la tela. Además, el olor a azufre era tan fuerte que casi se me dan la vuelta los colmillos. Al final decidimos comer en nuestra casita con ruedas, que allí el menú huele mucho mejor.
Hicimos un amigo de Letonia que tenía una camper cuatro por cuatro muy potente. El pobre hombre estaba más liado que un cachorro en una tienda de pelotas: a su mujer le daban el visado para Rusia y a él no. Hay que ver cómo os complicáis la vida con los papeles, con lo fácil que es mover la cola para que te dejen pasar. Incluso vino la policía a decirnos que allí no se podía dormir. Parece que Georgia se está poniendo más seria, y ahora lo de aparcar donde te sale de la pata está más difícil que encontrar un hueso en un desierto. Les dijimos que solo estábamos de paso para llenar la panza y nos dejaron tranquilos.
Sobre las cinco y media nos pusimos en marcha otra vez hacia Martvili. Queríamos ver el cañón, pero cuando llegamos nos encontramos con que había que pagar y, lo que es peor, que ya estaba cerrado hasta mañana a las diez. Como esperar tanto no entraba en nuestros planes de exploradores, dimos media vuelta y condujimos unos veinte minutos más buscando el sitio perfecto.
Y ¡bingo! Lo encontramos. Estamos en un prado verde junto a un pequeño río, con una intimidad que ya quisieran muchos. Aquí el único ruido es el del agua y el de mis ronquidos. Mañana más.
Añadir nuevo comentario