Dag 214:

 

El Garrobo – Embalse de Alange

Plazas históricas, arte raro y noche de embalse

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Salimos del sitio a una hora casi respetable, sobre las once, y eso ya es todo un logro para esta cuadrilla. Nada de autovía hoy. Papi Edu decidió que mejor la carretera nacional, la N-630, que tarda un poco más pero se ve la vida, el paisaje y hasta las ovejas con nombre propio. Tito Joan iba alucinando con la carretera, con lo bien que está el asfalto y con que no hubiera tráfico. Nada. Cero. El vacío existencial pero en versión carretera. Solo nosotros, el coche y pueblos que aparecen de repente como diciendo aquí seguimos, aunque no pase nadie.

Los pueblos tenían algo de movimiento, poca cosa, pero suficiente para recordar que la gente vive ahí todo el año y no solo cuando pasamos nosotros. Fue un viaje muy agradable, suave, sin prisas, de esos que no cansan. Hicimos más de cien kilómetros y en una hora y media más o menos ya estábamos llegando a Zafra.

Aparcamos en el área de autocaravanas que está pegada al centro, una maravilla de sitio, y salimos a explorar a pie y a pata. Zafra es conocida como la Sevilla chica y algo de eso tiene. Es elegante sin presumir, compacta, fácil de pasear y con mucha historia concentrada en pocas calles. Empezamos por la Plaza Grande, amplia, porticada y con un ambiente muy agradable, y de ahí pasamos a la Plaza Chica, más recogida pero igual de bonita. Las dos plazas están conectadas y son el corazón del pueblo, donde pasa todo y no pasa nada a la vez.

Vimos el Palacio de los Duques de Feria, que hoy es parador, imponente pero bien integrado en el pueblo. También pasamos por la Iglesia de la Candelaria, por fuera, con su torre vigilando todo. Callejeamos sin rumbo fijo, que es como mejor se ven los pueblos, cruzando arcos, puertas antiguas de la muralla y rincones que parecen pensados para hacer fotos aunque nadie te lo haya pedido. Zafra se deja querer, no se esfuerza, y eso se agradece. En un par de horas lo vimos todo o casi todo, y la sensación fue de haber aprovechado bien la visita.

Volvimos a la camper, comimos tranquilamente y, como todavía era temprano y teníamos ganas de más, arrancamos de nuevo sobre las cuatro. A unos diez minutos está Los Santos de Maimona, donde se encuentra uno de esos sitios que no sabes muy bien qué es hasta que lo ves. El Capricho de Cotrina. Desde fuera ya es raro, y eso siempre es buena señal. Es una construcción muy personal, hecha por Francisco González Gragera, conocido como Cotrina, que se pasó años levantando este lugar como quien escribe un diario en forma de edificio. Arcos, columnas, símbolos, formas que no siguen ninguna lógica clásica pero que juntas tienen algo hipnótico. No pudimos entrar porque no teníamos cita y, siendo sinceros, yo creo que tampoco me habrían dejado pasar a mí, pero por fuera ya merece la parada. Es uno de esos sitios que te dejan pensando en lo que la gente es capaz de crear cuando le dejan tranquilo con sus ideas.

Seguimos ruta y pasamos por Villafranca de los Barros. No bajamos del coche, pero desde la ventanilla se veía un pueblo grande, con vida, muy marcado por el vino y la agricultura. Villafranca es conocida por su tradición vitivinícola y por estar en pleno corazón de Tierra de Barros. No tiene un centro monumental de postal, pero sí pinta de sitio auténtico, de los que funcionan todo el año.

Un poco más adelante llegamos a Almendralejo, y aquí sí paramos. Almendralejo es más grande, más ciudad, y también muy ligada al vino y al cava extremeño, que no todo el mundo lo sabe. Paseamos un rato por el centro, vimos la plaza, algunas iglesias y edificios interesantes, y justo cuando empezábamos a cogerle el punto, empezó a llover. Una lluvia de esas que no preguntan si te viene bien o no.

Así que coche otra vez y rumbo al embalse de Alange. En menos de media hora estábamos allí. El paisaje cambió y se volvió más abierto, más tranquilo. Llegamos a un sitio perfecto para dormir, justo a la orilla del embalse. Había un par de coches de pescadores. Uno era un padre con su hijo, que al rato se marcharon. El otro coche se quedó, con dos chicos jóvenes pescando, muy majos, muy tranquilos. Y nosotros, claro.

El sitio es de esos que te hacen bajar el ritmo sin pedir permiso. Agua, silencio, cielo gris pero amable. Aparcamos bien colocados, miramos el embalse un rato, respiramos hondo y dimos el día por terminado. Los pescadores siguieron a lo suyo, nosotros a lo nuestro, que básicamente consiste en no hacer nada y hacerlo con convicción.

Aquí nos quedamos a dormir. Rodeados de agua, con el sonido lejano de alguna caña, la camper calentita y la sensación de haber tenido un día redondo sin necesidad de grandes planes. Yo me enrosqué en mi sitio favorito, papi Edu cerró el día contento, y Tito Joan ya estaba pensando en la ruta de mañana. Pero eso será otra historia.

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