Menudo día de locos. Empezamos con tranquilidad y pusimos rumbo a Tiflis con el coche. Eran solo unos sesenta kilómetros, pero el tráfico de la capital va más lento que un caracol con reuma, así que nos costó un buen rato entrar. Teníamos una lista de misiones más larga que mi cola.
La primera: el veterinario. Para cruzar a Rusia con un perro necesitas un certificado de salud oficial, una burocracia que inventaron los humanos para complicarse la vida. Encontramos una clínica gracias a internet y allí que fuimos. El personal era súper majo, pero a mí me tocó la peor parte: pastilla antiparasitaria a la fuerza, el odioso termómetro por el culo, báscula y escáner de chip. Todo perfecto, pero el susto no me lo quita nadie. Papi Edu pagó una pasta y resulta que el papel solo vale para setenta y dos horas. ¡Nos toca correr para llegar a la frontera! Y encima, ese papel no bastaba; había que ir al Ministerio a por el sello oficial.
Otra vez al coche. Aparcamos cerca del Ministerio y yo me quedé en la camper tan tranquilo, pero resulta que los funcionarios también querían verme los bigotes. Por si fuera poco, no aceptaban tarjeta y costaba un dineral, así que Papi Edu tuvo que ir corriendo a buscar un cajero y luego volver a por mí. El veterinario oficial del Ministerio fue muy amable; se tiró media hora tecleando con una precisión milimétrica y rellenando unos papeles en georgiano que parecían dibujos abstractos. Confiamos en él y salimos con el certificado oficial bajo el brazo.
Segunda misión: la ropa sucia. Que sepamos, solo hay una lavandería de autoservicio en todo el país, una tal Speed Queen, así que cruzamos otra vez la ciudad peleando con el tráfico. Llevábamos la ropa acumulada de un mes, por lo menos dieciocho kilos de sábanas y calcetines que necesitaban un buen meneo. Mientras las máquinas lavaban y secaban, nosotros aprovechamos para comer tranquilamente en la camper.
A casi las ocho de la tarde nos fuimos a por la última misión: conseguir rublos. Como Rusia tiene encima un montón de sanciones internacionales, las tarjetas extranjeras allí son tan útiles como un hueso de plástico, así que necesitábamos efectivo sí o sí. Fuimos en coche a la zona de Avlabari, que está llena de casas de cambio que parecen sacadas de una película de espías. Todo es un poco clandestino, pero funciona de lujo: sin comisiones y sin pedir pasaportes. Papi Edu cambió doscientos euros y le dieron diecisiete mil rublos y veinte laris. ¡Negocio redondo!
Ya de noche tocaba buscar dónde caer rendidos. Salimos de la ciudad hacia el embalse de Tiflis, pero el único rincón plano estaba ocupado por un coche con las ventanas empañadas y una pareja que, supongo, estaba celebrando la primavera. Tuvimos que buscar un plan B.
Ahora mismo estamos acampados cerca del monumento de las Crónicas de Georgia. El sitio está muy bien. Desde aquí arriba tengo unas vistas preciosas de toda la ciudad iluminada y, justo al lado, se recortan los enormes pilares de piedra del monumento que exploraremos mañana antes de poner rumbo definitivo hacia la frontera rusa. Me voy a dormir, que mis patitas no pueden más.
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