Día 29:

 

Una roca sagrada, cables oxidados y un rincón junto al río

Katskhi – Kvakhvreli

Menuda noche pasamos en nuestro cráter de arena, sin movernos ni un pelo. Por la mañana nos pusimos en marcha para acercarnos al Pilar de Katskhi. Aunque en línea recta estábamos al lado, el camino daba una vuelta de unos cinco kilómetros, así que fuimos en coche. Al llegar abajo, la roca impresiona un montón. Es una columna de caliza de unos cuarenta metros con una iglesita en la cumbre. Para subir hay una escalera de metal colgada de la piedra que da vértigo solo de mirarla. Dicen que allí arriba vive un monje ermitaño. Desde luego, subir eso es más difícil que hacer que me guste el baño, y para un perro con cuatro patas ya ni te cuento; los visitantes tampoco lo tienen fácil para conseguir permiso.

Dejamos la roca sagrada y nos fuimos directos a Chiatura. Esta ciudad es de lo más curioso que he olido nunca. Está metida en un valle profundo y es famosa por sus minas de manganeso. Antes de bajar paramos en un mirador y luego en un monumento soviético enorme, el Memorial de Chiatura, dedicado a la Segunda Guerra Mundial, con unas figuras de piedra gigantescas que miran al horizonte.

Ya abajo, aparcamos y fuimos a explorar a pie. Lo más alucinante son los teleféricos. En los años cincuenta llenaron el cielo de cables para que los mineros subieran a los acantilados sin cansarse. Vimos muchas de esas cabinas antiguas y oxidadas, que parecen cajas de cerillas colgantes y dan un poco de miedo, pero también los teleféricos nuevos, que ahora funcionan como transporte público moderno para la gente del pueblo. La ciudad tiene un aire soviético total que a Papi Edu le vuelve loco.

Después de patear el centro, subimos con el coche hasta la estación del teleférico del antiguo Sanatorio. Allí visitamos las ruinas del antiguo Palacio de los Pioneros (Pionertsa Sakhli), un edificio enorme que en su día era para los jóvenes comunistas y que ahora está devorado por la vegetación. Al salir de Chiatura, todavía vimos más estructuras mineras y teleféricos abandonados, además de una zona de minería que sigue activa y levantando polvo.

Para terminar el día, cogimos la ruta hacia el este. Una buena parte fue por autovía y nos quedamos bastante sorprendidos, porque están pavimentadas de lujo y no las recordábamos así de nuestro viaje de hace tres años. Pasamos de largo por Gori sin parar, porque ya nos la conocemos de la otra vez, y buscamos un sitio para pasar la noche.

Nos quedamos en mitad de la nada, en un campo verde cerca del río Kura. El viento sopla con unas ganas tremendas, pero estamos bastante protegidos. El mapa dice que lo más cercano es un sitio llamado Kvakhvreli, pero aquí solo estamos la cámper, el río y nosotros. Un final perfecto para un día de exploración.

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