Amanecimos con el sol apretando sin compasión contra las paredes de la camper, así que Papi Edu tuvo que hacer su ya habitual maniobra matutina y desplazar el coche apenas unos veinte metros para refugiarnos bajo una sombra bien fresquita. Nos lo tomamos con tanta calma que no nos pusimos en marcha hasta dar las once de la mañana, cuando pusimos rumbo al centro de Barnaul. Aparcamos cerca de la imponente iglesia ortodoxa de la Intercesión, ubicada al lado de la estación de autobuses, y mientras yo vigilaba los alrededores, los humanos entraron a husmear su interior cargado de iconos y solemnidad. De ahí vino el plato fuerte del ejercicio del día: nos fuimos a pie hacia el Nagorny Park, un parque encaramado en lo alto de una colina al que se accede tras superar una interminable y sudorosa escalera. Mis humanos casi echan los bofes en la subida, pero arriba la recompensa valió la pena. Además de contemplar el monumento dedicado a los caídos en la Gran Guerra Patria y disfrutar de las vistas sobre el río Ob, pudimos pasear justo por delante de las icónicas letras gigantes con el nombre de "BARNAUL", construidas al más puro estilo Hollywood sobre la ladera para que toda la ciudad sepa quién manda allí.
Con las patas aún calientes de tanto escalón, nos dimos un paseo larguísimo por el casco histórico para explorar la arquitectura de la zona. Recorrimos la calle Polzunova, repleta de historia ligada a las antiguas fundiciones de plata que dieron vida a la ciudad, y la calle Anatoliya, donde mis ojos bodegueros disfrutaron contemplando las clásicas casas siberianas de madera, con sus fachadas de troncos y sus elaborados marcos tallados en las ventanas conocidos como nalichniki. También atravesamos la plaza Demidovskaya, un rincón de corte neoclásico presidido por un gran obelisco que rinde homenaje a los fundadores de la minería en Altái. Llegada la hora del almuerzo, Papi Edu y Tito Joan se apoltronaron en una terraza al aire libre en mitad de la calle para comer algo tranquilamente, mientras yo aprovechaba para reposar el hocico a la sombra de la mesa y criticar mentalmente a los transeúntes. Ya con el estómago lleno, regresamos al coche y fuimos a hacer una última parada cultural en la Ploshchad' Pobedy, la Plaza de la Victoria, un impresionante complejo conmemorativo presidido por un enorme monumento de bronce con soldados y una llama eterna en honor a los miles de héroes de la región que lucharon en la Segunda Guerra Mundial.
Sobre las cinco de la tarde dejamos atrás la ciudad y volvimos a la carretera para devorar kilómetros en dirección sureste. La búsqueda de alojamiento esta vez fue todo un reto de exploración; tras rechazar los sitios típicos, mis humanos tiraron de instinto y lograron localizar un rincón secreto cerca de un pequeño río en las inmediaciones de Troitskoye. No aparecía en ninguna aplicación de campistas ni en los mapas habituales, pero ha resultado ser un enclave espectacular en plena naturaleza salvaje. El único "pero" de este paraíso junto al agua es que no estamos solos: una escuadra furiosa de mosquitos ha decidido darnos la bienvenida, pero dentro de la camper, con las mosquiteras echadas, se está de gloria.
3 Jun 2026
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