Despertamos con vistas que salvan la noche, nos metemos en un Ostuni lleno hasta arriba y acabamos en un barco más lujoso… con tanto dorado que casi necesito gafas de sol.
de pago
Cuatro semanas esperando y de repente… ¡boom! Pasaporte, barco gigante y viento en las orejas. Yo solo digo una cosa: si hay pipicán y aventura, este viaje promete. Y empieza fuerte.
A las cuatro de la madrugada saqué a papi Edu de la cama para un paseo urgente. Luego llegaron los cafés al sol, un castillo raro y un día tranquilo en Lloret que me sorprendió para bien.
Cambio de ruedas por sábanas: dos días en Lloret de Mar con papi y los titos. Entre bufés humanos y paseos con olor a mar, descubrí que también sé relajarme... un poco.
Cerramos Irlanda con paseo de película, cantera clandestina, colada con vagabundo cervecero y camarote “pet‐friendly” donde me prohibieron la cama… y fui el primero en subirme.
Entre catedrales, pubs, puentes históricos y parques con ardillas despistadas, Dublín nos robó el corazón… y casi el bolsillo con su parking.
Castillos con telescopios gigantes, la primera víctima de un accidente de coche de la historia… y una camarera que me sirvió chuches como si fuera realeza. Así fue mi día en Birr, con final entre ovejas y vistas de postal.
Paisajes de postal, senderos verdes y sándwiches de salmón con vino al sol. Recorrimos Connemara a nuestro ritmo. No entramos en todo, pero lo vimos todo. Y lo vivimos mejor.
Entre un dolmen enano, acantilados vertiginosos y toneladas de patatas fritas, recorrimos la Irlanda más salvaje con viento en la cara y risas en el coche. ¡Menuda jornada épica!
Ruinas milenarias, lluvia persistente, pizza descomunal… y un váter con más carácter que el dueño del apartamento. Bienvenidos a un domingo muy irlandés.
Pensábamos que iba a ser un día tranquilo, pero entre Ikea, tarjetas rebeldes, correas flojas y una hora esperando en el aeropuerto... acabamos rodeados de humanos nuevos en un campo de golf a medianoche.