Despertar en una cama de verdad, con sábanas que no se mueven cuando papi Edu cambia de lado, fue casi un lujo. Aunque, entre nosotros, echo un poco de menos el murmullo del viento contra la cámper. Desayunamos en casa (sí, con yaya vigilando que no dejara ni una miga) y luego nos fuimos en el coche del tito Joan rumbo a Lloret de Mar.
Una horita y poco más, y ahí estábamos: la costa, el mar, las palmeras y un pueblo que huele a crema solar incluso en noviembre. Descargamos mis baúles —sí, los míos, porque papi viaja ligero, pero yo tengo mis juguetes, mantita y el famoso osito— en el Hotel Samba, donde nos íbamos a quedar dos días. Es pet-friendly, lo que en mi idioma significa: “puedes entrar, pero no te subas al sofá ni al buffet”.
Nos esperaban tito Héctor (el intenso), tito Jordi y tito Antonio (que ni es hermano de papi ni de nadie, pero es tito igual, porque así es nuestra familia). Después del check-in, salimos a comer a un bar justo enfrente. Olía tan bien que casi me apunto al menú del día, pero tuve que conformarme con oler el aire y recibir miguitas caídas “por accidente”.
Luego nos dimos un paseo por el pueblo. Lloret de Mar tiene fama de fiesta y guiris quemados por el sol, pero en otoño está más tranquilo. Caminamos por calles llenas de tiendas cerradas y gatos que parecían los verdaderos dueños del lugar. Pasamos por la iglesia de Sant Romà, con sus cúpulas coloridas de estilo modernista. Papi dijo que parece sacada de un cuento de Gaudí, y yo pensé que, si ese cuento tuviera jardín, yo ya estaría cavando allí.
Después volvimos al hotel para una siestecita de esas que curan el alma. Por la tarde, los humanos bajaron a cenar. Dijeron que el restaurante del hotel es “una fábrica de comida”: bandejas, colas, gente luchando por el último trozo de pizza como si fuera un trofeo. Me quedé en la habitación, escuchando los sonidos del pasillo: maletas rodando, niños corriendo y un bulldog francés que roncaba como un tractor.
Por la noche dimos un pequeño paseo cerca del hotel, sin rumbo, sin aventuras, sin barro ni cumbres. Y, ¿sabéis qué? No estuvo nada mal. A veces también hace falta dejar que el mundo gire sin uno correr detrás.
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