Después de desayunar sin prisas y con el cuerpo ya en modo perro funcional, hicimos la parte glamurrosa de la vida camper, coger agua limpia, despedirnos del agua gris y dejar el aparcamiento como si nunca hubiéramos estado allí. Con todo en orden, nos fuimos a explorar Medinaceli.
Medinaceli es uno de esos pueblos que no necesitan presentarse, está en todas las listas de los pueblos más bonitos de España y no es postureo. Está arriba del todo, dominando el paisaje, con aire serio, piedras antiguas y esa sensación de lugar importante aunque hoy esté tranquilo. Entramos andando y lo primero que vimos fue su joya más famosa, el Arco Romano de Medinaceli, único en España con tres vanos y todavía en pie después de casi dos mil años. Yo pasé por debajo con respeto, que nunca se sabe si los romanos aceptaban perros sin correa.
Seguimos hacia el centro y llegamos a la Plaza Mayor, amplia, elegante y muy castellana, rodeada de casas nobles y palacios que te miran como diciendo aquí han pasado cosas, chaval. Desde allí nos movimos por calles estrechas, empedradas, con fachadas sobrias, escudos en las paredes y puertas grandes que parecen no haberse cerrado nunca del todo. Vimos la Colegiata de Santa María de la Asunción, enorme y solemne, construida sobre una antigua iglesia románica, y también restos romanos repartidos por el pueblo, como un mosaico que recuerda que esto fue ciudad importante mucho antes de que Edu aprendiera a conducir.
Nos acercamos también al nevero árabe, una construcción curiosa que servía para almacenar nieve y hielo durante siglos, porque incluso antes de los frigoríficos ya había gente pensando a largo plazo. Yo pensé en si ahí habría habido alguna vez huesos congelados, pero no encontré pruebas concluyentes.
Salimos del pueblo en coche con la idea de subir al castillo, la antigua Alcazaba, pero al acercarnos nos miramos y sin decir nada pensamos lo mismo. Otro castillo más ahora mismo no nos emocionaba demasiado, llevábamos una buena racha de torres y murallas, así que lo dejamos estar. También pasamos por la ermita del Humilladero, pequeña y discreta, más de paso que de visita larga.
Seguimos ruta y paramos en un aparcamiento rural cerca de La Cabrera. Día espectacular, sol del bueno y cero miradas curiosas, así que papi Edu se marcó una ducha al aire libre como si eso fuera lo más normal del mundo. Yo vigilé, por supuesto, con profesionalidad y mirada de jefe de seguridad.
Más tarde pusimos rumbo a Sigüenza. Aparcamos en el área de autocaravanas y, antes de recogernos, dimos un paseo rápido por el pueblo, una especie de pre-exploración para abrir boca. Calles con cuesta, ambiente medieval y promesa de cosas interesantes para mañana. Volvimos al área y ahí vino el problema. Aquello era enorme, asfaltado, abierto y sin encanto, como dormir en un patio de colegio gigante. Nos miramos otra vez y decidimos que no.
Subimos con el coche hasta la zona del cementerio y dimos un paseo por el pinar de alrededor. Tranquilo, bonito, pero dormir con los muertos tan cerca, aunque sean muy educados, nos daba un poco de yuyu. Así que otra vez en marcha, ya de noche, rumbo a un área de picnic que en Park4night pintaba acogedora.
La realidad nocturna fue otra cosa. Hierbas altas, troncos tirados, el panel informativo por los suelos y una fuente que pedía auxilio. De día igual tendría su encanto, pero llegados a esas horas era más bien escenario de peli rara. Aun así, cansados y con pocas ganas de seguir buscando, decidimos quedarnos. Aparcamos, cerramos cortinas y aquí nos quedamos a dormir, con esa sensación de sitio un poco inquietante pero suficientemente tranquilo como para que un perro con experiencia cierre un ojo… y luego el otro.
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