Dormimos de lujo. Fuera hacía un frío serio, de esos que te hacen pensar si no tendrás escarcha también en los pensamientos, unos cuantos grados bajo cero. Dentro de la cámper, en cambio, con la calefacción, estábamos tan a gusto que ni fantasmas ni zombis se atrevieron a venir a molestar. Yo dormí como un tronco feliz. Por la mañana, con luz, el sitio que de noche parecía sacado de una peli de miedo resultó ser bastante normal. Hasta simpático. La fuente tenía el agua completamente congelada, detalle que siempre suma puntos al drama invernal.
Arrancamos con calma y pasado el mediodía pusimos rumbo a Sigüenza. Aparcamos cerca del centro y nos lanzamos a explorar a pata, que es como mejor se entienden los pueblos. Empezamos por la Alameda, un parque largo y agradable, con árboles altos y ese aire de paseo de domingo aunque no fuera domingo. Desde allí llegamos al monasterio de las Hermanas Clarisas, un edificio sobrio por fuera, muy de recogimiento. Justo delante hay algo que siempre deja a los humanos con cara rara: un esqueleto humano auténtico bajo un cristal, colocado allí como recordatorio de lo poco que dura todo. Yo lo olí con respeto y seguí caminando, que ya tengo bastante con mis propias reflexiones perrunas.
Pasamos después por la catedral, la Catedral de Santa María de Sigüenza. No pudimos entrar porque estaba cerrada, pero por fuera impone lo suyo, una mezcla de fortaleza y templo que ya te dice que aquí la fe iba bien acompañada de muros gordos. Desde allí seguimos por un camino con vistas al valle y a los pinares, muy bonito, hasta subir al castillo. También lo vimos solo por fuera, pero no pasa nada, porque saber que hoy en día es un Parador ya te explica por qué está tan bien conservado. Antes fue fortaleza medieval, luego residencia episcopal, ahora hotel con almohadas mullidas. Las piedras se adaptan mejor que muchos humanos.
Bajamos de nuevo al coche y en unos diez minutos llegamos al aparcamiento de Pelegrina. El pueblo es muy pequeño, colgado sobre el cañón del río Dulce, con su castillo en ruinas vigilándolo todo desde lo alto. Desde allí bajamos a pie al pueblo y nos metimos de lleno en el Parque Natural del Barranco del Río Dulce. Este parque es famoso por sus cortados, sus senderos y por ser territorio de aves rapaces. Buitres leonados, alimoches y águilas planean por encima, mirándonos como diciendo “qué hacen estos dos tan abajo”. Caminamos subiendo y bajando por el barranco, cruzando paisajes que parecen de documental. Vimos la cascada del Gollorio, enlazamos con la carretera y llegamos al mirador Félix Rodríguez de la Fuente, que aquí es casi una figura sagrada. En total fueron unos seis kilómetros y medio, entre hora y media y dos horas, que para mí estuvo muy bien calculado.
De vuelta al coche, bajamos a la autovía A-2 y paramos en un merendero para comer en la cámper, que ya tocaba. Luego nos metimos un buen tramo de carretera, casi dos horas. Pasamos por Guadalajara capital sin parar, decisión rápida y consensuada, y terminamos en Talamanca de Jarama. Allí hay un área recreativa enorme, con un aparcamiento de tierra, al lado del puente romano que cruza el río. Llegamos ya de noche. El sitio es tranquilo, amplio, con historia bajo las patas y silencio alrededor. Aquí nos quedamos a dormir, que mañana el mundo puede esperar un poco más.
Añadir nuevo comentario