Día 192:

 

Talamanca de Jarama – Miraflores de la Sierra

Puentes viejos, murallas redondas y nieve a toda velocidad

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Nos despertamos con un tiempo bastante decente en aquel aparcamiento enorme de tierra donde habíamos dormido. Ningún otro coche, ningún humano despistado, todo para nosotros. A mí eso me da sensación de territorio conquistado, aunque luego no marque nada porque soy educado. Para empezar el día dimos un paseo tranquilo por el bosque y, sobre todo, fuimos a ver el puente romano de Talamanca de Jarama. Este puente no es romano romano del todo, que ya me he informado yo oliendo paneles y escuchando a Edu. El origen es romano, sí, pero lo que se ve hoy es más bien medieval, construido entre los siglos XIV y XV sobre una estructura anterior. Tiene cinco arcos enormes, es de piedra seria y durante siglos fue un paso clave sobre el río Jarama para comerciantes, viajeros y seguramente algún perro con prisa. Ahora está ahí, tranquilo, imponente, como diciendo “yo he visto pasar cosas, tú solo estás paseando”.

Entre paseíto, fotos y mis paradas técnicas, se nos hizo tarde sin darnos cuenta. A las dos cogimos el coche y pusimos rumbo norte, destino Buitrago de Lozoya. Más o menos una hora de coche, parte por autovía, parte mirando montañas que ya iban anunciando cosas interesantes. Aparcamos en las afueras y nos fuimos directos a explorar la parte antigua del pueblo, que es una maravilla compacta y bien rodeada de agua. Buitrago está literalmente abrazado por el río Lozoya, como si alguien hubiese dicho “este pueblo aquí y que no se mueva”.

Lo primero que vimos fue el Puente del Arrabal, también llamado puente viejo, y viejo es poco. Es medieval, del siglo XIV, de piedra natural y aspecto recio, como un perro pastor que no sonríe pero cuida el rebaño. Era la entrada principal al pueblo y aún hoy impresiona cruzarlo. Desde allí pasamos por el Arco del Piloncillo, una de las puertas históricas de acceso al recinto amurallado. Es pequeño, discreto y fácil de pasar por alto, pero tiene ese encanto de puerta que ha visto entrar y salir vidas durante siglos.

Entramos al casco antiguo y caminamos sobre la muralla, que es una de las mejor conservadas de la Comunidad de Madrid. Desde arriba se ve todo redondo, el río rodeando el pueblo, las casas apretadas dentro y el paisaje abierto alrededor. Es como mirar una maqueta pero en versión real. Llegamos a la plaza del castillo, amplia, tranquila y con aire de haber sido importante en su día sin necesidad de alardear ahora. Luego cruzamos una puerta en la muralla, bastante escondida, para ver la iglesia de Santa María del Castillo. Por fuera ya es bonita, con su mezcla de estilos gótico y mudéjar, pero Edu entró dentro y salió con cara de “merece la pena”. Techos altos, piedra, calma y ese silencio que no pesa.

Después de darle una buena vuelta al pueblo volvimos al coche y pusimos rumbo a Pinilla del Valle. Allí hay un área de autocaravanas cerca del embalse de Pinilla, pero nada más verla supimos que no era nuestro sitio. Funcional, sí. Bonita, no. Y a mí me gusta dormir con encanto, no con cara de parking de supermercado. Así que seguimos un poco más, ahora rumbo sur. Pasamos por Rascafría, que apuntamos mentalmente para otro día con más tiempo, y seguimos subiendo hasta el puerto de la Morcuera.

El puerto está a 1796 metros y se nota. Todo estaba cubierto por una buena capa de nieve y el frío mordía, pero de ese que espabila. Allí nos quedamos un rato largo mirando el espectáculo de los niños tirándose cuesta abajo con los trineos a toda velocidad. Gritos, risas, caídas suaves y padres fingiendo que no están nerviosos. Yo observaba con atención profesional, evaluando trayectorias y pensando que, si tuviera pulgares, igual me animaba. Las vistas desde arriba son una pasada, montaña abierta, nieve, luz limpia y sensación de invierno de verdad.

Después de la puesta del sol seguimos en coche media horita más o menos hasta Miraflores de la Sierra. Allí encontramos un sitio perfecto para dormir, cerca de la Fuente del Cura. Un aparcamiento pequeño, de tierra, rodeado de bosque, sencillo y muy tranquilo. Sin farolas indiscretas, sin ruidos raros, solo árboles y oscuridad buena. Aparcamos, nos recogimos y aquí nos quedamos a dormir, con la sensación de haber tenido un día redondo, de los que mezclan historia, montaña y ese cansancio rico que te deja dormir del tirón.

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