Día 201:

 

Jaraicejo – Logrosán

Puentes, piedra y kilómetros sin prisas

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Después del día intenso de ayer hoy tocaba un día más tranquilo. Y se notaba en el ambiente nada más abrir los ojos. El sitio donde habíamos dormido seguía en silencio, el puente ahí plantado como si llevara siglos mirándonos y el sol haciendo su trabajo con bastante buena intención. Así da gusto despertarse.

Estábamos muy a gusto en el sitio. Tranquilo de verdad. Sin tráfico, sin voces, sin prisas. Así que arrancamos aún más lento de lo habitual. Desayuno sin reloj, alguna vuelta corta por los alrededores y yo comprobando que todo seguía en su sitio, que nunca está de más. Antes de salir en coche dimos un pequeño paseíto por el puente románico. El puente cruza el río Almonte y es del siglo diecisiete. De piedra sólida, con arcos elegantes y ese aire serio de quien ha visto pasar muchas cosas y no necesita contarlas. Me gustó. Mucho.

Al final cogimos el coche pasada la una. Autovía tranquila rumbo a Trujillo. Llegamos y aparcamos en el área de autocaravanas o aparcamiento para autocaravanas. Antes tocó la rutina viajera. Coger agua, vaciar aguas grises y aparcar bien colocados. Justo al lado había otra autocaravana y un señor estaba descargando una moto eléctrica del garaje como quien saca un juguete nuevo.

Se llama Santiago. Miró nuestra camper, sonrió y dijo que le gustaba. Y claro, eso abre conversación automáticamente. Hablamos de nuestra camper, de su autocaravana que había comprado hacía un par de semanas de segunda mano y de viajes que queremos hacer. Nos enseñó su casa con ruedas y nosotros le enseñamos la nuestra. Yo estuve presente supervisando, que estas cosas hay que tomárselas en serio.

El hombre era muy majo. De charla fácil y sin prisas. En un momento dado soltó que si teníamos planes para ir a Marruecos nos podía acompañar. Papi Edu sonrió y dijo que lo tendríamos en cuenta. Nos despedimos después de un buen rato y nos fuimos andando hacia el casco antiguo de Trujillo.

Trujillo impone al llegar. Todo en alto, todo de piedra y con aspecto serio. La Plaza Mayor es amplia y muy bonita, rodeada de palacios y presidida por la estatua ecuestre de Francisco Pizarro. Es una plaza con mucha presencia y con ese aire de lugar importante que se nota nada más pisarla.

Subimos al castillo, que domina todo el entorno desde lo alto del cerro. De origen árabe y reformado tras la reconquista, es fácil entender por qué lo construyeron ahí. Las vistas son enormes y el paisaje se abre en todas direcciones. Dimos una buena vuelta, miramos desde arriba y bajamos de nuevo al pueblo.

Vimos varias puertas de la ciudad y callejeamos sin rumbo fijo. Trujillo está en la lista de los pueblos más bonitos de España y, aunque hemos visto pueblos aún más bonitos, la verdad es que merece la pena la visita. Tiene historia, tiene carácter y se recorre muy bien caminando.

Después de un par de horas volvimos al coche y seguimos en dirección a Guadalupe, que lo queremos ver mañana. Pero mucho antes de llegar paramos en Logrosán, junto a la antigua estación. La estación está abandonada, pero aún quedan las ruinas de los edificios y los restos de los andenes. El ferrocarril aquí desapareció y ahora el trazado es una vía verde que empieza justo en este punto.

Exploramos un poco la zona. Ahora también es área de picnic, con mesas, sombra y bastante tranquilidad. Me gustan estos sitios donde antes pasaban trenes y ahora pasan paseantes. Decidimos quedarnos a dormir aquí.

Al caer la tarde todo seguía en calma. Nadie alrededor, buena luz y sensación de sitio agradable. Yo di un último paseo corto de inspección y luego me acomodé. Un día sencillo, sin carreras y sin grandes planes. Y a veces eso es justo lo que más apetece.

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