Día 200:

 

Plasencia – Jaraicejo

De murallas a rapaces, Extremadura en estado puro

Geluidsbestand
327

Hoy amanecimos otra vez con lluvia, de esa fina pero insistente que no moja mucho, pero desgasta la moral. Aun así el cielo tenía cara de mejorar, así que a las once arrancamos y pusimos rumbo a Plasencia con la esperanza de revancha. Y mira tú por dónde, hoy sí. Justo cuando bajé de la cámper y puse la primera pata en la ciudad, la lluvia decidió retirarse discretamente. Gracias, universo, ya era hora.

Antes de entrar en faena paramos un momento junto al acueducto de Plasencia, para la foto de rigor. Es una obra del siglo XVI, conocida como el acueducto de San Antón, que llevaba el agua desde la sierra hasta la ciudad. No es enorme ni espectacular, pero tiene ese encanto sobrio de las cosas bien hechas que han durado siglos sin pedir aplausos. Foto, orejas al viento y seguimos.

Aparcamos en el mismo parking gratuito de ayer, cerca del casco antiguo, y nos lanzamos a explorar a pie y a pata. Entramos por la Puerta de Berrozana, una de las antiguas puertas de la muralla medieval, y desde allí todo empezó a tener ese aire de ciudad histórica que ayer el mal tiempo nos había robado. Calles de piedra, murallas, torres y ese silencio relativo que solo se rompe con pasos y conversaciones.

Llegamos a la Plaza Mayor, que es amplia, luminosa y muy agradable. El Ayuntamiento se lleva todas las miradas, con su fachada renacentista y ese aire solemne que pide foto sí o sí. Yo posé con dignidad perruna mientras Edu hacía lo suyo con la cámara. Desde allí nos metimos en la calle de los Toros, la calle comercial, que estaba a rebosar de gente. Se notaba que se acercan los Reyes y que los humanos entran en ese estado nervioso de compra compulsiva que no acabo de entender.

Seguimos hacia las catedrales, porque en Plasencia no se conformaron con una. Está la Catedral Vieja, románica y gótica, más sobria y recogida, y la Catedral Nueva, renacentista, enorme y ambiciosa, que se construyó sin llegar nunca a terminar del todo. Las dos están pegadas, como si se llevaran bien a pesar de los siglos. No entramos porque es de pago y yo no podía pasar, y dejarme fuera mientras Edu se empapaba de historia no nos parecía buen plan. Así que las disfrutamos desde fuera, que tampoco está nada mal.

Por varias iglesias vimos belenes, y acabamos en el belén principal de la ciudad. Ya sabéis que no somos muy de Navidad ni de figuritas, pero reconozco que este estaba muy currado, una ciudad árabe en miniatura llena de detalles, calles, luces y escenas.

Seguimos hacia la Puerta de Trujillo, que es muy curiosa porque encima de la puerta tiene una capilla dedicada a la Virgen. Me recordó mucho a la Puerta de la Aurora en Vilnius, salvando las distancias y los ladridos. De allí pasamos por el Palacio del Marqués de Mirabel, un edificio noble y elegante, y el Convento de Santo Domingo, justo al lado del Parador de Plasencia, que ocupa un antiguo convento y tiene un aire impresionante incluso visto desde fuera.

Nos metimos por la calle Arenillas, estrecha y peculiar, y luego fuimos callejeando sin rumbo fijo, que es como mejor se conocen las ciudades. Antes de volver al coche pasamos por la Puerta del Sol y otro tramo de muralla, cerrando así el círculo placentino.

Ya en modo logística, tocaba diésel. Encontramos una cooperativa donde no era tirado de precio, pero sí más razonable que lo visto hasta ahora. Entre el depósito y los bidones cargamos cien litros. Yo miraba con respeto ese ritual humano del repostaje, porque cuando Edu dice que ya vamos justos, suele ser verdad.

Comimos algo rápido en un área de descanso y pusimos rumbo al Parque Nacional de Monfragüe, uno de los grandes santuarios de naturaleza de la península. Es famoso por sus dehesas, sus ríos encajados y, sobre todo, por las aves rapaces. Y vaya si lo comprobamos. En el mirador de la Portilla del Tiétar nos quedamos clavados. Al otro lado del río, en las rocas, había decenas de aves. Buitres leonados, negros, alimoches… unos volando, otros posados, otros llegando con comida. Parecía hora punta en un restaurante con estrellas Michelin para rapaces. Yo no sabía a dónde mirar primero.

Seguimos por el parque parando en otros miradores, incluido el de la Malavuelta, con vistas al embalse de José María de Oriol, Alcántara II, un paisaje enorme y muy potente. Pero como esto es Parque Nacional, aquí no se duerme, y tocaba salir sí o sí.

El desvío fue largo, porque el río manda, y tras unos cuarenta y cinco kilómetros acabamos, ya de noche, cerca de un pueblo con nombre curioso, Jaraicejo. Allí encontramos un sitio perfecto junto al puente del siglo XVII, un puente de estilo románico tardío que formaba parte de un antiguo camino histórico. De piedra, elegante, silencioso y con ese aire de sitio que ha visto pasar mucha vida.

Estamos solos, tranquilos, con el puente como decorado nocturno y la sensación de haber exprimido bien el día. Yo ya he dado un par de vueltas de inspección. Todo en orden, así que aquí nos quedamos a dormir.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Resuelva este simple problema matemático y escriba la solución; por ejemplo: Para 1+3, escriba 4.