Día 202:

 

Logrosán – Orellana la Vieja

Guadalupe, claustros vigilados y una Virgen diminuta pero enorme

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Después de una noche rara, de esas en las que nadie sabe muy bien por qué no se duerme aunque todo esté en calma, nos despertamos tardísimo. Fuera llovía con desgana, una lluvia fina que no molesta pero tampoco anima. Así que hicimos lo que mejor se nos da. Ir sin prisas. Desayuno lento, miradas al cielo, yo comprobando que todo seguía en su sitio y Papi Edu aceptando que aquel no iba a ser un día madrugador. Bien pasado el mediodía arrancamos y pusimos rumbo a Guadalupe. Unos tres cuartos de hora de coche, carreteras tranquilas y ese runrún mental de “a ver qué tal será”.

Aparcamos en un aparcamiento enorme y casi vacío cerca del casco antiguo. En cuanto bajamos del coche dejó de llover, lo cual siempre me parece un detalle elegante por parte del tiempo. Guadalupe es uno de esos pueblos que se agarran a la montaña. Casas apretadas, calles que suben y bajan sin pedir permiso y una historia larguísima para un sitio tan pequeño. Durante siglos fue uno de los centros de peregrinación más importantes de la península y eso se nota en cada piedra, aunque ahora todo vaya a ritmo mucho más tranquilo.

Subimos a pie, cruzando varias puertas antiguas, callejeando sin plan fijo. Lo que más nos llamó la atención fueron las casas con balcones enormes que se asoman tanto a la calle que casi puedes saludarte de balcón a balcón sin estirarte mucho. Todo tiene un aire medieval muy bien conservado, sin parecer decorado. Llegamos a la plaza de Santa María de Guadalupe, que es el corazón del pueblo, y ahí se impone la basílica. Grande, seria y con ese aspecto de edificio que ha visto pasar muchas cosas.

Papi Edu entró un momento a ver la basílica por dentro. Yo me quedé fuera haciendo guardia profesional. Por dentro es solemne, con una nave amplia y mucha historia acumulada. No es recargada en exceso, pero sí muy contundente. Al salir seguimos callejeando un rato más, subiendo y bajando cuestas, mirando escaparates, portales antiguos y rincones tranquilos. En algo más de una hora volvimos al coche.

Comimos allí mismo, algo rápido, porque por la tarde tocaba visita importante. Yo me quedé en la camper, que alguien tiene que vigilarlo todo, y Papi Edu fue a ver el Monasterio de Guadalupe. A los perros no nos dejan entrar, así que me tocó imaginarlo todo luego con el resumen.

El monasterio es Patrimonio de la Humanidad y no es para menos. La visita no es guiada al uso, más bien organizada con precisión. Un conserje va abriendo y cerrando puertas y el grupo, unas treinta personas, va avanzando como si estuviera siguiendo una coreografía muy seria. Se recorren varias salas alrededor del claustro y solo en el claustro se pueden hacer fotos. Es de estilo mudéjar, con ladrillo, cerámica y una calma especial que se nota incluso en las fotos que luego me enseñó Edu.

Primero se pasa por el Museo de Bordados, con piezas litúrgicas de una riqueza increíble. Luego el Museo de Libros Miniados, donde hay manuscritos antiguos que parecen hechos con lupa y paciencia infinita. Después el Museo de Bellas Artes, con pinturas de artistas importantes que no esperas encontrar en un pueblo tan pequeño.

La visita sigue por la sacristía, que es espectacular y está considerada una de las más bellas de España, llena de cuadros, madera tallada y detalles por todas partes. Luego se entra en el relicario-tesoro, la Capilla de San José, donde se guardan objetos religiosos de enorme valor histórico. Y al final se sube al camarín de Nuestra Señora, tras subir un par de escaleras.

Allí está la Virgen de Guadalupe. Es pequeña, apenas cincuenta y nueve centímetros, y es negra. Y no por casualidad ni por el paso del tiempo. El monje explicó que es negra a propósito, inspirada en un verso del Cantar de los Cantares de la Biblia, donde se dice “Nigra sum sed formosa”, soy negra y hermosa. Ese texto se interpretó durante siglos como una referencia simbólica a la Virgen. Por eso su color no se ocultó ni se corrigió, al contrario, se convirtió en parte esencial de su identidad. Es una imagen románica muy antigua y ha tenido una importancia enorme en la historia de España. Reyes, navegantes y conquistadores la veneraron, y su nombre cruzó el océano hasta dar nombre a la Guadalupe mexicana. No es grande, no es ostentosa, pero impone de una manera muy silenciosa.

Sobre las cinco y media Papi Edu volvió al coche y me contó todo con entusiasmo, mientras yo asentía con cara de “ya lo sabía”. Arrancamos y Google decidió que lo mejor era sacarnos por el centro del pueblo. Pasamos por debajo de balcones y por puertas tan estrechas que yo iba encogiendo las orejas por si acaso, pero salimos sin rasguños.

Pusimos rumbo al sur y tras más de una hora de coche llegamos al sitio donde vamos a dormir. Para llegar, Google nos metió por caminos de campo bastante discutibles, aunque seguramente haya accesos mejores. El lugar no está en Park4night. Papi Edu lo encontró en Google Maps. Es un área de picnic y llegamos casi de noche. No se ve todo muy bien, pero se intuye bonito, tranquilo y con vistas. Lo suficiente para saber que aquí nadie nos va a molestar.

Cerramos el día en silencio, con la camper quieta y el mundo fuera apagándose poco a poco. Hoy ha sido un día de piedra, historia y pasos lentos. De esos que se te quedan dentro aunque cueste dormir.

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