Me desperté con ese frío que se te mete en los bigotes y no sale ni aunque parpadees fuerte. Además caía una llovizna fina, de las traicioneras, así que la mañana fue tranquila, sin prisas, esperando a que el cielo se aclarara un poco. Cuando por fin pareció dar una tregua, salimos a pata a ver Llerena con luz de día. Y aquí vino la sorpresa: de día es casi igual que de noche. Incluso un poco más aburrido, porque sin las luces de Navidad todo se veía más serio y más plano.
Fuimos otra vez a la Plaza de España, que es el corazón del pueblo. Papi Edu entró un momento en la iglesia de Santa María de la Granada y yo me quedé fuera, vigilando puertas y palomas. Fue una visita relámpago. La iglesia es grande y sobria, de origen gótico-mudéjar, con reformas posteriores, y durante siglos fue un símbolo importante en esta zona de Extremadura. Papi salió rápido, miramos de nuevo el ayuntamiento, y justo entonces empezó a llover en serio. Frío, lluvia y viento. Mala combinación. Así que dimos media vuelta y regresamos al coche sin dramatizar, que tampoco hacía falta.
Un poco antes de mediodía arrancamos y tras unos cuarenta y cinco kilómetros llegamos al Complejo Leo, justo al lado de la A-66 y la nacional N-630. Es uno de esos sitios pensados para camioneros y viajeros largos, con gasolinera, restaurante, duchas y, lo más importante hoy, lavandería. Aparcamos junto a la caseta de las lavadoras y ahí empezó la gran operación colada. Dos máquinas a la vez, porque no eran muy grandes. Cuarenta y cinco minutos después, directo a la secadora. Una hora. La ropa seguía húmeda. Otra hora más, esta vez en dos secadoras a la vez. Mientras tanto comimos tranquilamente en la camper, vigilando el cielo y el reloj. Al final, por fin, tocó doblar, guardar y celebrar mentalmente el triunfo sobre la ropa mojada.
Ya limpios y ordenados, seguimos rumbo sur, pero evitando la autovía. Cogimos la nacional N-630, que es más lenta pero mucho más bonita que la autovía A-66. El paisaje acompaña, se conduce sin estrés y yo puedo ir mirando por la ventanilla con cara de viajero profesional. Pasamos Las Pajanosas y empezamos a buscar sitio para dormir. Había muchas áreas de descanso y merenderos, pero decidimos ir a un lugar que ya conocemos y que nunca falla.
Llegamos casi de noche al área de autocaravanas de Castilleja de Guzmán. No es un área con servicios, solo un buen sitio para aparcar y dormir, pero tiene unas vistas estupendas a Sevilla. Desde aquí se ve la Torre Pelli, ese rascacielos moderno que destaca en el horizonte, y si afinas bien la vista, la Giralda aparece pequeñita, como si alguien la hubiera puesto allí con cuidado. En el aparcamiento ya hay unas quince o veinte cámpers y autocaravanas. Nosotros quedamos aparcados entre una holandesa y una finlandesa, bien acompañados y bien resguardados.
Aquí nos quedamos a dormir. Fuera refresca, dentro estamos calentitos, con Sevilla brillando a lo lejos y yo pensando que, para haber sido un día de lluvia, frío y lavadoras, ha salido bastante redondo.
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