Hoy fue todavía más tranquilo que ayer. De esos días que no tienen prisa ni la necesitan. Nos despertamos con sol, frío del que espabila el hocico, pero sol al fin y al cabo. El sitio donde habíamos dormido era perfecto. Nadie alrededor, vistas abiertas, mesas de picnic y ese silencio que huele a sitio bien elegido. Papi Edu estaba tan contento que lo añadió a Park4night, que es su forma moderna de plantar una banderita y decir aquí se duerme bien.
Salimos sobre el mediodía y en apenas quince minutos llegamos al embalse de Orellana. Es uno de los grandes embalses de Extremadura, enorme, con playas artificiales y fama de tener una de las pocas banderas azules de interior de España. Nosotros aparcamos en uno de los parkings de playa, bajamos a echar un vistazo y poco más, porque desde allí el agua se intuye más de lo que se ve. Aun así el sitio tiene algo relajante, aunque hoy no era día de chapuzones ni de patas mojadas.
En el aparcamiento había otro viajero curioso, con un Toyota Hilux y tienda de techo. Resultó ser holandés y se llamaba Thijs, que se pronuncia algo así como Téis. Papi Edu se puso a charlar con él y yo me quedé observando, que es una forma elegante de cotillear. Viaja gran parte del año, pero su vehículo no está tan preparado como nuestra camper. Aun así, se le notaba feliz, que al final es lo importante. Entre charla, comparaciones y mapas pasó casi una hora sin que nadie se diera cuenta.
Seguimos rumbo sur. Tras unos tres cuartos de hora pasamos por Castuera. Ya habíamos estado allí hace casi diez años, cuando yo tenía cuatro meses y todo me parecía enorme. Además, es el pueblo de papi Carlos, mi "otro papi". Hoy, día de Reyes, el ambiente estaba más aburrido que una pelota pinchada. Hicimos unas fotos rápidas a la iglesia, la plaza del ayuntamiento y una ermita, y seguimos camino.
Llegamos a Azuaga ya pasadas las cuatro. Hay un área de autocaravanas junto al recinto ferial y la plaza de toros, pero no nos convenció nada. Demasiado abierto, mucho viento y un frío que se colaba solo de mirarlo. Aprovechamos para cargar agua por si acaso y seguimos adelante.
El siguiente destino fue Llerena, un pueblo que según nuestra guía merecía la pena. Y aquí sí que acertamos. Tiene un área de autocaravanas también cerca de la plaza de toros, pero mucho más recogida y agradable.
Ya era de noche cuando salimos a estirar patas y piernas. Llerena es muy extremeña, muy sobria, casi minimalista. Calles rectas, sin árboles, fachadas serias. Llegamos a la Plaza de España, donde está el ayuntamiento y varios edificios históricos. La iluminación navideña era bonita, sencilla, con estilo, sin excesos. Había poca gente en la calle y hacía un frío que pedía volver pronto a refugio.
Después de algo más de media hora paseando regresamos a la camper. En el área hay unas cinco autocaravanas más, todas en silencio. Fuera el termómetro ronda los cero grados. Dentro, gracias a la calefacción, estamos calentitos y tranquilos. Y así, sin fuegos artificiales ni cabalgatas, cerramos otro día de viaje.
Súper