viaje
Un día de colada con rescate de efectivo, hamburguesas locales y un cambio de aires estratégico. Nos mudamos al aparcamiento del aeropuerto para esperar el gran reencuentro de mañana.
Un adiós forzoso al paraíso, un monumento ecuestre en la autovía y una charla overland vía traductor. Cruzamos el contraste radical de Astaná, pasando de los bloques grises a los rascacielos hipermodernos.
El arte de la siesta perfecta, reparaciones de supervivencia y una interrupción oficial. Nos declaramos en huelga de coche (otra vez) en nuestro edén de Damsá y recibimos la visita de las fuerzas del orden mientras Papi Edu "oficinaba" al aire libre.
Una lección de civismo escolar, un desvío de cuatro kilómetros por la estepa profunda y una invasión de moscas mutantes que nos obligó a huir a toda pastilla. Al final, el satélite nos guio hasta un nuevo oasis secreto.
Una tregua de asfalto bajo la sombra de los pinos, un paseo entre pájaros y un valiente humano sumergiéndose en aguas polares. Nos declaramos en huelga de coche y disfrutamos de un merecido segundo round en nuestro paraíso.
Un amanecer a las cuatro de la mañana, trucos perrunos a cambio de brochetas y un rescate tecnológico en la barrera de pago. Cambiamos la estepa por un cañón de infarto y un parque nacional que nos reservaba más de una sorpresa.
Una huida de las ciénagas, bloques soviéticos fantasmas y una pista oculta a través del campo. Encontramos un lago de película para pasar la noche, con bichejos hambrientos incluidos y visitas que hablan inglés.
Una misión aérea sobre embudos oxidados, tres horas de caminata urbana persiguiendo humanos por Kostanái y una retirada estratégica a toda prisa para salvar mi pelaje de un ejército de vampiros zumbadores.
Reliquias soviéticas con forma de embudo gigante, una pista infernal apta solo para estómagos fuertes y un pastor que habla hasta debajo del agua. Nos escondemos entre los arbustos en un nuevo paraíso fluvial donde los caballos mandan.