Sin museos ni playas ni prisas: solo bosque secreto, siesta sobre ruedas y un canal antiguo que nos esperaba sin saberlo. ¿Quién dijo que “no hacer nada” no da aventuras?
viaje
Dormimos como piedras, huimos de los museos y seguimos el instinto del hocico: compras, carretera sin destino y un prado escondido junto a un pueblo diminuto. ¿Adivinas dónde acabé marcando territorio?
Playas donde rugió la guerra, bunkers tragados por la arena, un museo que casi le explota la cabeza a papi y un final en un prado vacío digno de rey peludo. ¿Te vienes a oler historia conmigo?
Amanecí navegando, hice pis al lado del “baño canino”, conocí collies internacionales y papi devoró media carta del ferry. Llegamos a Cherbourg sin gasoil y acabamos durmiendo entre autocaravanas francesas.
Cerramos Irlanda con paseo de película, cantera clandestina, colada con vagabundo cervecero y camarote “pet‐friendly” donde me prohibieron la cama… y fui el primero en subirme.
De playas interminables a dunas y reservas naturales, terminamos el día entre colinas y brezos, explorando, jugando y disfrutando del último rincón secreto antes de despedir Irlanda.
De ruinas medievales a ferris tragacoches, pasando por el faro más viejo del planeta y una cena tardía con viento en modo secador industrial: día completito para un perro explorador y su humano despistado.
De reyes vikingos a playas prohibidas, pasando por un marinero de metal que nunca pestañea. Yo, con la cola en alto, viví un día de castillos, acantilados y siestas con ronquidos gloriosos.
Entre ruinas milenarias y un puente gigante, corrí, olfateé y salté entre charcos mientras la lluvia nos acompañaba. Waterford nos esperaba con aventuras y vistas al río.
Entre dunas, playas y chaparrones, seguimos la ruta hasta un rincón solitario cerca de Tintern Abbey. A veces la lluvia también sabe a aventura.
Hoy sin tito Joan, con lluvia y multas misteriosas, recorrimos carreteras de peaje invisibles, exploramos ruinas misteriosas y acabamos olfateando la costa de Wicklow.
Entre ráfagas de viento vimos el Guinness Lake desde lo alto, paseamos por el inmenso Corkagh Park, nos colamos en Ikea sin albóndigas para mí y despedimos a tito Joan en el aeropuerto.