La lluvia nos despertó antes de tiempo y no nos dio tregua en todo el día. Entre limpiezas a chorro, paisajes sin chispa y un pueblo llamado La Fouillade, descubrí que hasta los días grises pueden tener su encanto.
viaje
Entre arcos de piedra y cuevas misteriosas, saltos, olisqueos y aventuras: un día de exploración que parece sacado de un cuento.
Hoy empezamos el día “tempranísimo” a las once, vimos un lago que no se dejaba pasear, una Venecia sin agua, un cañón de postal y acabamos huyendo de un evento misterioso hasta un claro secreto.
Hoy me tocó ser perrogrino de montaña: vallas que saltar, humanos lentos que adelantar y un camino donde los coches rugían a noventa mientras yo olía cada matojo como si fuera sagrado.
Pensábamos parar un ratito en Conques y acabamos exprimiendo seis euros de aparcamiento como si incluyeran hotel con spa. Luego empezó la caza del dormimóvil perfecto… casi de noche, claro.
Creía que el despertador era una amenaza nuclear, pero resultó que papi solo quería madrugar… a las once. Entre compras sin mí y un río secreto, acabamos en un paraíso de siesta y pradera.
Creí que la carretera cortada era solo para coches… así que me tumbé en medio como si fuera mi terraza privada. Entre curvas repetidas, pueblos de postal y una garganta sin humanos, hasta yo perdí la cuenta de los paisajes.
Subimos al Puy Mary por un sendero empinado, vimos el sol esconderse tras las colinas y bajamos casi a oscuras. Todo después de cataratas sorpresa, presas gigantes y carreteras de montaña.
Creía que nos quedaríamos en nuestro paraíso secreto, pero papi Edu me llevó de colinas aburridas a puentes medievales y acabamos en un lago misterioso bajo la noche.
Hoy conquisté una playa escondida, jugué hasta enterrar la pelota tres veces, sobreviví a una carretera con más curvas que una serpiente y acabé vigilando un lago secreto solo para mí.
Un lago inmenso, una playa de arena sin bañistas y un ejército de bellotas kamikaze bombardeando nuestra cámper. Al final, victoria perruna y descanso sin explosiones.
Un lago bonito, pero con cartel de “perros prohibidos”. Compras XXL, siesta épica y final feliz junto al río Vienne, con toda la pradera solo para mis patas.