Una llamada de auxilio postdesayuno, una playa traicionera y nuestro fiel cabrestante al rescate. Tras convertirnos en los héroes del embalse, pusimos rumbo a un rincón secreto junto al rÃo para disfrutar de una merecida tarde de descanso.
en plena naturaleza 🌲
Trescientos ochenta kilómetros de estepa recta, áreas de descanso que parecen de pelÃcula postapocalÃptica y un récord absoluto para el cuentakilómetros de nuestra cámper. Cruzamos Kazajistán por carreteras que son un auténtico lujo hasta encontrar un oasis con árboles, olor a barbacoa y fans inesperados.
Un salto de continente a pie, la búsqueda desesperada de mis chuches y agua de manguera cortesÃa de unos fontaneros encantadores. Dejamos atrás la capital del petróleo para adentrarnos en una estepa tan infinita que ni Google Maps sabe muy bien dónde está la carretera.
Un Kremlin, una frontera de lo más animada con un militar con alma de psicólogo y dos valientes en moto camino a Nueva Zelanda. Dejamos atrás Rusia para pisar el séptimo paÃs de la expedición y el número 40 en mi cuenta perruna.
Un despertar con la policÃa chechena, rascacielos que brotaron de las cenizas de la guerra y un paseo triunfal donde fui la estrella indiscutible. Grozny nos abrió las puertas en un dÃa de contrastes brutales y persecución de señal.
Un GPS que se volvió completamente loco, un fajo de rublos difÃcil de conseguir y un control policial de lo más cómico. El viaje por Rusia arrancó entre monumentos colosales, tráfico intenso y un misterioso laberinto sin satélites.
Un campamento espontáneo a un metro de mi almohada, el temido escáner de rayos X y un formulario que parecÃa un jeroglÃfico. Cruzar la frontera rusa se convirtió en un juego de paciencia infinita donde los militares resultaron ser más majos que las pesetas.
Una mole de piedra digna de gigantes, una carretera que marea solo de verla en el mapa y nieve en pleno mayo. La marcha hacia el norte continuó entre camiones lentos y túneles que parecen sacados de una pelÃcula de terror.
Un termómetro en zonas prohibidas, un mes de ropa sucia dando vueltas y un fajo de rublos conseguido en un callejón oscuro. Cruzar a Rusia requiere superar un gymkana de humanos que casi nos deja sin aliento.
Una escalera colgada de una roca que daba vértigo solo de mirarla y una ciudad encajonada en un valle lleno de cabinas flotantes y cables oxidados. El viaje por Georgia continuó entre herencia soviética y un escondite secreto azotado por el viento.
Hoy la camper se siente un poco más grande y silenciosa porque Tito Joan ha puesto rumbo a casa, pero Papi Edu y yo hemos ahogado las penas entre hormigón soviético y un escondite de altura.
¿Os ha pasado eso de llegar a un sitio y sentir que ya habéis olido ese árbol antes? Pues hoy hemos tenido un déjà vu con olor a huevos podridos, policÃas con prisas y un prado de los que quitan el sentido.