Reliquias soviĂ©ticas con forma de embudo gigante, una pista infernal apta solo para estĂłmagos fuertes y un pastor que habla hasta debajo del agua. Nos escondemos entre los arbustos en un nuevo paraĂso fluvial donde los caballos mandan.
en plena naturaleza 🌲
Una alfombra de asfalto para devorar kilómetros, un dedo de pie congelado en el agua y el regreso de nuestros vecinos favoritos. Encontramos el rincón perfecto junto al gran embalse para tomar el sol en la más absoluta intimidad.
Un desvĂo en mitad de la estepa, trenes kilomĂ©tricos que no terminan nunca y un lago solitario que parece el fin del mundo. Nuestra ruta nos lleva directos al corazĂłn de la nada kazaja, donde las puestas de sol se disfrutan con visitas sobre dos ruedas.
Una mĂtica coincidencia que ni el mejor GPS habrĂa planeado, cebollas de oro y el gran misterio de quiĂ©n es el tipo del caballo. Aktobe nos regala reencuentros moteros, lujos soviĂ©ticos y un nido nocturno con vecinos de lo más silenciosos.
Una llamada de auxilio postdesayuno, una playa traicionera y nuestro fiel cabrestante al rescate. Tras convertirnos en los hĂ©roes del embalse, pusimos rumbo a un rincĂłn secreto junto al rĂo para disfrutar de una merecida tarde de descanso.
Trescientos ochenta kilĂłmetros de estepa recta, áreas de descanso que parecen de pelĂcula postapocalĂptica y un rĂ©cord absoluto para el cuentakilĂłmetros de nuestra cámper. Cruzamos Kazajistán por carreteras que son un autĂ©ntico lujo hasta encontrar un oasis con árboles, olor a barbacoa y fans inesperados.
Un salto de continente a pie, la bĂşsqueda desesperada de mis chuches y agua de manguera cortesĂa de unos fontaneros encantadores. Dejamos atrás la capital del petrĂłleo para adentrarnos en una estepa tan infinita que ni Google Maps sabe muy bien dĂłnde está la carretera.
Un Kremlin, una frontera de lo más animada con un militar con alma de psicĂłlogo y dos valientes en moto camino a Nueva Zelanda. Dejamos atrás Rusia para pisar el sĂ©ptimo paĂs de la expediciĂłn y el nĂşmero 40 en mi cuenta perruna.
Un despertar con la policĂa chechena, rascacielos que brotaron de las cenizas de la guerra y un paseo triunfal donde fui la estrella indiscutible. Grozny nos abriĂł las puertas en un dĂa de contrastes brutales y persecuciĂłn de señal.
Un GPS que se volviĂł completamente loco, un fajo de rublos difĂcil de conseguir y un control policial de lo más cĂłmico. El viaje por Rusia arrancĂł entre monumentos colosales, tráfico intenso y un misterioso laberinto sin satĂ©lites.
Un campamento espontáneo a un metro de mi almohada, el temido escáner de rayos X y un formulario que parecĂa un jeroglĂfico. Cruzar la frontera rusa se convirtiĂł en un juego de paciencia infinita donde los militares resultaron ser más majos que las pesetas.
Una mole de piedra digna de gigantes, una carretera que marea solo de verla en el mapa y nieve en pleno mayo. La marcha hacia el norte continuĂł entre camiones lentos y tĂşneles que parecen sacados de una pelĂcula de terror.