Un termómetro en zonas prohibidas, un mes de ropa sucia dando vueltas y un fajo de rublos conseguido en un callejón oscuro. Cruzar a Rusia requiere superar un gymkana de humanos que casi nos deja sin aliento.
Una escalera colgada de una roca que daba vértigo solo de mirarla y una ciudad encajonada en un valle lleno de cabinas flotantes y cables oxidados. El viaje por Georgia continuó entre herencia soviética y un escondite secreto azotado por el viento.
Hoy la camper se siente un poco más grande y silenciosa porque Tito Joan ha puesto rumbo a casa, pero Papi Edu y yo hemos ahogado las penas entre hormigón soviético y un escondite de altura.
¿Os ha pasado eso de llegar a un sitio y sentir que ya habéis olido ese árbol antes? Pues hoy hemos tenido un déjà vu con olor a huevos podridos, policías con prisas y un prado de los que quitan el sentido.
El viento nos echó de la plantación de té y empezó una mudanza nocturna sin plan fijo. Frontera con sorpresa incluida, Batumi lleno de contrastes y un final con pasteles, velas y cámper en calma.
Una ciudad entera desaparecida bajo el agua, carreteras imposibles entre montañas y una estatua gigantesca de Atatürk vigilando Artvin desde las alturas. Y acabamos durmiendo entre plantaciones de té y teleféricos voladores.
Sobrevivimos a otro “atajo” de Papi Edu entre nieve, curvas y montañas. Acabé haciéndome famoso en un museo perdido y casi dormimos al lado de un río con alarma de inundación incluida.
Cruzamos un puerto de montaña cubierto de nieve, casi me congelo las patas haciendo fotos heroicas y acabamos durmiendo escondidos en una cantera. Glamour viajero nivel Chuly.
Subimos hasta tumbas reales excavadas hace más de dos mil años en la montaña de Amasya. Luego llegó uno de esos días de carretera larga, fuentes infinitas y dormir sin saber aún dónde hemos acabado.
Hoy exploré un castillo gigante sobre Amasya, paseé entre casas otomanas junto al río y mis humanos acabaron siendo lijados y aplastados en un hammam turco. Yo preferí vigilar la camper.
Descubrimos una ciudad enterrada de gigantes, puertas de piedra vigilando el pasado y un santuario secreto en la roca. Yo iba siguiendo olores, pero acabé viajando en el tiempo con mis humanos.
Me desperté en plena misión nocturna de aeropuerto y de repente apareció Tito Joan. Desde allí el día se convirtió en té sin fin, pavos reales vigilantes y kebabs que parecen magia turca.